TACHÓN Y CUENTA NUEVA, UNA EXPOSICIÓN DE JOSÉ COUTO ROLDÁN

    Fecha

    Horario

    De lunes a viernes de 10 a 21h

    Coordinadores

    Fernando Sáez Pradas

    Lugar

    La Transversal

    Inauguración lunes 1 de junio a las 20 h

     

     

     

    “[…] es preciso tener todavía caos dentro de sí para poder dar a luz una estrella danzante” Nietzsche en Así habló Zaratustra.

     

     

    Tachar es dudar. Tachar es negar. Tachar es corregir. Tachar es revelar.

    Dudar, negar, corregir y revelar. Estas son las acciones que vemos en la selección de dibujos que presenta José Couto Roldán (Cádiz, 1998) para la Sala Transversal.

    Aquí todo empieza con una duda, con una grieta en lo que creíamos cierto.

    Tachar es destruir, pero destruir también es crear. “La destrucción es una forma de creación” decía Donnie en Donnie Darko (2001), la película de Richard Kelly, cuando el motor de un avión cae de manera inesperada sobre el tejado de su casa para invadir su dormitorio. Como una bomba, una irrupción inesperada que opera como metáfora de una alteración súbita del orden establecido. Una bomba, que como decía Chesterton en El hombre que fue jueves (1908), “El hombre que lanza una bomba es un artista, ya que prefiere un gran momento a todo lo demás”. Estas acciones, la del motor y la bomba, subrayan la potencia estética de la ruptura. En estos dibujos, construidos sobre la negación que supone el tachón, aparecen esas rupturas.

    La manera de trabajar de Couto Roldán es impulsiva y compulsiva, por cada dibujo que vemos existen un proceso de trabajo mucho mayor, con series enormes que se van desarrollando y creciendo de manera exponencial, con pequeñas variaciones y que dan paso a otras que van abriendo nuevos caminos.

    Utiliza este gesto como acto catártico que adquiere una dimensión casi performativa y que podríamos entender como un acto de depuración, como un acto de higiene simbólica que le conduce a la floración de una nueva vida, ya sea una mano, un dedo o un tiburón. Una prolija iconografía que se abre paso poco a poco entre la maraña de tachones.

    Poco a poco esos tachones que nos evocan al mundo de Michaux, Hartung, Soulages, etc., desaparecen y la imagen se limpia. Aparecen fragmentos de lo que se asemeja a un césped donde se perfila la silueta de un cuerpo cuya condición permanece ambigua: quizás dormido, quizás asesinado. Una huella, una pista, que funciona como la oreja de Blue Velvet (1986) de David Lynch, en mitad de la hierba, detonante de una realidad inquietante. En su trabajo, cada icono funciona de esa manera.

    Pájaros, ojos y tigres dialogan con espacios fríos poblados de sillas, escaleras y jaulas. La suciedad y la pasión incontrolada conversan y miran a la cara a la razón más ortodoxa. Lo kitsch y el buen gusto se abrazan. La destreza y la torpeza dialogan (y se entienden).

    Y es que a veces, en la creación, es mejor hacer un tachón y empezar una cuenta nueva que permitan el desarrollo y una reconfiguración desde nuevas coordenadas.

    Fernando Sáez Pradas

    Comisario