Panteón de los sevillanos ilustres

 

En la calle Laraña, bajo el Templo de la Anunciación, la Facultad de Bellas Artes acoge el Panteón de Sevillanos Ilustres.

Para acceder a él, se pasa frente una puerta lateral del Templo, de estilo renacentista, obra del arquitecto Hernán Ruiz II, que comunicaba la iglesia de la Compañía de Jesús con el claustro de la Casa Profesa. Dos tramos descendentes, el segundo por escalones de mármol negro y tableros de mármol blanco, conducen a la Cripta, que tiene planta de de cruz latina, techumbre abovedada  y está revestida de placas de granito pulido, gris en las paredes y de un salpicado rosa en el suelo.

En 1767, Carlos III decreta la expulsión de la Compañía de todos los territorios del reino. Erigido en portavoz de los ilustrados sevillanos, el asistente Pablo de Olavide solicita la utilización de la Casa profesa para fines civiles. Y por Real Orden de 1768, verificada en 1771, se asigna la antigua Casa jesuítica como sede de la Universidad Literaria, origen de la moderna Universidad de Sevilla, y su iglesia para los actos oficiales. Asimismo, una parte considerable de las obras artísticas allí contenidas constituirán el núcleo del Museo de Bellas Artes Hispalense.

Los daños ocasionados por las tropas napoleónicas en los conventos de Santiago y San Agustín, y la idea de acoger los restos y motivos funerarios de algunos templos desamortizados, movieron al Deán López Cepero y las autoridades de la Universidad a su traslado al restaurado Templo de la Anunciación, iniciativa que tendría continuidad.

A comienzos de la década de los setenta del siglo XX, promovida por el director general de Bellas Artes, D. Florentino Pérez Embid, se realizaron las obras que, ampliando y protegiendo la cripta original de los jesuitas, daría la imagen actual del Panteón.

En lo más próximo, se encuentran las lápidas conmemorativas de algunos miembros de los Ponce de León,  encabezadas por el escudo heráldico de esta familia, que debió el incremento de su fortuna al apoyo prestado a los Trastamara, primero, y a Isabel la Católica después, destacando su participación en la conquista del reino nazarí.

Al frente, adosado al muro, un hermoso bajorrelieve en bronce rememora a D. Francisco Duarte de Mendicoa, militar navarro destinado a Sevilla como Proveedor General de las Armadas y Ejércitos, y su esposa, D ª Catalina de Alcocer. De estilo renacentista, presenta el relieve detalles tardo-medievales, característicos del arte funerario borgoñón, lo que acerca su autoría a un  artista de esa procedencia. Fundador junto con su esposa del convento de los mínimos de la Victoria, en Triana, a su muerte, en 1554, recibió sepultura en él,  como después D ª Catalina. En 1840, tras la desamortización del convento, se trasladó el relieve a la Iglesia de la Anunciación.

Viste la esposa ceñido brial y el caballero primorosa armadura; en el peto, al igual que en el escudo heráldico, destaca el águila bicéfala de la casa de Austria. Descansan las cabezas de los esposos en almohadillas y los pies en expresivos leones.

En el piso, dos sarcófagos de piedra muestran las figuras yacentes de Lorenzo Suárez de Figueroa y Benito Arias Montano.

Trigésimo tercer maestre de la Orden de Santiago y fundador del convento sevillano de Santiago de la Espada, falleció don Lorenzo en 1409. A los pies de la hermosa talla en piedra figura un perro, con un collar en el que se lee la inscripción Amadis Amadis, en caracteres góticos, y que, en opinión de historiadores, evoca al fiel can que en verdad poseyó en vida.

Benito Arias Montano (1527-1598), es representado vestido y tocado con ropaje y birrete eclesiástico, sosteniendo un libro entre las manos. Nacido en Fregenal de la Sierra, el gran humanista, cuyo saber abarcó la filología semítica, griega y latina, filosofía, teología, medicina, matemáticas, biología y física, tras su destacada participación en el Concilio de Trento, Felipe II lo nombró su capellán y le encomendó la dirección de las correcciones y mejora de la Biblia Políglota Complutense, que dio como resultado la llamada Biblia Regia, y de Amberes, porque allí se realizaron los trabajos y se imprimió, en el afamado taller de Christophe Plantin, que aunaba a sus cualidades como impresor un vasto saber humanístico.

De vuelta  a España, el rey siguió requiriendo sus servicios, ahora como consejero y sacar provecho, de este modo, a la experiencia y el conocimiento adquirido por Arias Montano durante su estancia en los Países Bajos, vuelto un complejo avispero, en el que se consumían las energías y recursos del imperio español, encargándole, asimismo, la gestión de la biblioteca del Escorial.

Su valía dificultaba el recogimiento del sabio en la peña que lleva su nombre, cercana a Alájar, ideal para la meditación y el desarrollo de su prolífica obra.

Dos veces procesado por la Inquisición, salió Arias Montano indemne de ambos, contando en el último con la defensa del padre Mariana. Después de su muerte, Pedro de Valencia defendió la memoria del maestro de las impugnaciones de heterodoxia promovidas contra él, que llevaron al jesuita Juan de Pineda a prohibir su obra en el Index de 1607.

En 1584 renunció Montano a todos sus cargos y se retiró en Sevilla, donde, cuatro años más tarde, falleció.

Cabe destacar de su obra nueve tomos de Antigüedades judías, el Libro de la generación de Adán, en cuya segunda parte, Naturae Historia (1594), innovó la biología; una Retórica, Odas e Himnos y la traducción al latín del itinerario del viajero medieval hispano-hebreo Benjamín de Tudela.

Un crucificado, atribuido al círculo de Giralte, aunque también es posible la autoría de su maestro, Roque Balduque, artista flamenco del S. XVI afincado en Sevilla, preside el ara y la nave principal.

En el brazo izquierdo del crucero, se aprecia el vacío dejado por el grupo escultórico de los Afán de Ribera, en el que destacan los sepulcros de estilo renacentista de don Pedro Enríquez y D ª Catalina de Ribera, esculpidos en el taller genovés de Antonio María Aprile de Carona, devueltos al lugar de su ubicación original, el monasterio de Santa María de las Cuevas de la isla de la Cartuja, tras su restauración con motivo de la Exposición Universal de 1992.

En el comienzo de la nave, se encuentran los sepulcros de D. Jerónimo Girón de Moctezuma y Ahumada y Salcedo, marqués de las Amarillas, de D. Antonio Desmaisieres Flores Rasoir y Peón y D ª Manuela Fernández de Santillán, marqueses de la Motilla; y frente a éstos, también de estilo neoclásico, el de D. Luís José Sartorius y Tapia, conde de San Luís (1820-1871).

De ascendencia alemana y origen polaco-lituano, el abuelo paterno de D. Luís José emigró a Cádiz a fines del siglo XVIII. Nacido en Sevilla, D. Luís José destacó muy joven como periodista. Con el apoyo de Bravo Murillo, fundó El Heraldo, órgano portavoz del partido Moderado, desde cuyas páginas combatió al gobierno progresista de Espartero. Establecido en la capital como diputado, latinizó don Luís José el apellido paterno, Schneider, en Sartorius, que prefirió a su equivalente hispano, Sastre. A la sombra de Narváez, fue ministro de Gobernación y, posteriormente, Presidente del Consejo de Ministros. En 1853, disolvió las Cámaras y gobernó bajo decreto, lo que provocó la Vicalvarada, que dio paso al bienio progresista. Su último destino fue el de embajador en Roma. La reina de Isabel II lo nombró conde de San Luís y vizconde de Priego. Destaca de su labor gubernamental la reglamentación de la propiedad literaria y regulación de los derechos de autor y la implantación del sello de correos en España.

Se encuentran a continuación las lápidas conmemorativas de Alberto Lista y Aragón (1775-1848) y Félix Reinoso y Gómez (1772-1841), eclesiásticos e ilustrados, animadores de tertulias impares y miembros con Blanco White y Manuel María Arjona de la Academia Sevillana de las Letras Humanas.

Profesor de matemáticas avanzadas, poeta, periodista y crítico literario, Alberto Lista ejerció una importante influencia en los autores de la generación romántica, Espronceda, Escosura, Ventura de la Vega y Larra, entre otros,  y en el joven Gustavo Adolfo Bécquer, cuyo primer poema relevante fue un epitafio conmemorativo de su muerte, ocurrida en 1849.

No menos docto y apreciado poeta fue Félix Reinoso. Al igual que Lista y otras destacadas figuras de la cultura y la política española, la necesidad de reformas, y el difícil cruce entre la decadencia de la monarquía de Carlos IV y la ambición napoleónica, le llevó a sufrir un doble exilio, acusado de afrancesado. En Francia, en 1816, escribió Reinoso el esclarecedor Examen de los delitos de infidelidad a la patria imputados a los españoles bajo la dominación francesa.

 

Una pequeña placa conmemora a Rodrigo Caro (1573-1647), insigne utrerano, cuyos restos fueron traídos a la Anunciación desde el derruido convento de San Miguel. Hombre de gran cultura, entre cuyas amistades se contaron personas del calado de Quevedo, Lope de Vega, Rioja, Pacheco y Arguijo, a sus cualidades como historiador, biógrafo y anticuario, sumó la de apreciado poeta. Suya es la conocida Canción a las ruinas de Itálica, que comienza:


Estos, Fabio, ¡ay dolor! que ves ahora,
campos de soledad, mustio collado,
fueron un tiempo Itálica famosa.

 No quedó ahí el quehacer de Rodrigo Caro. Abogado eclesiástico, esforzado epigrafista y arqueólogo, aprovechó su abogacía itinerante para, a lomos de mula, cargadas las alforjas con libros y material de escritura, anotar las inscripciones y restos arqueológicos que iba encontrando y reunió, finalmente, en Antigüedades y principado de la ilustrísima ciudad de Sevilla y corografía de su convento jurídico (1634). Fue también autor D. Rodrigo de Días geniales y lúdicos, donde reunió un amplio material folclórico, y Dioses antiguos venerados en España, obra desaparecida y admirable, a juicio de quienes la conocieron.

De mayores dimensiones y tosca obra es el nicho de D. Federico Sánchez Bedoya, militar y político conservador (1844-1898) y su esposa, Doña Regla Manjón, condesa de Lebrija (1851-1938), escritora e interesada en el arte y la arqueología, en cuya casa palacio de la calle Cuna reunió esculturas, ánforas, columnas  y extraordinarios mosaicos, surgidos en el transcurso de los trabajos de excavación en Itálica, además de una biblioteca con más de 6.000 volúmenes y valiosas pinturas y muebles.

En el muro diestro de la nave, se rememora a personalidades señeras de la cultura y la vida política sevillana del XIX y comienzos del XX:

El escritor, historiador e impulsor de la arqueología y la revalorización de la cerámica, José Gestoso (1852-1917), autor de Sevilla monumental y artística (1899-1902) y del Catálogo de pinturas y esculturas del Museo provincial hispalense.

Antonio Martín Villa, fallecido en 1876, fue rector de la Universidad de Sevilla, en la que introdujo importantes mejoras. Conservador e isabelino, a su actividad principal: la jurisprudencia, sumó la arqueología, las ciencias naturales, la literatura y las Bellas Artes, y fue autor de Reseña histórica de la Universidad de Sevilla y descripción de su iglesia.

José Amador de los Ríos (1818-1878), nacido en Baena y discípulo en Madrid de Alberto Lista, destacó como poeta, editor, historiador y catedrático de Literatura, que tuvo como alumnos a Cánovas del Castillo, Canalejas, Castelar, Clarín y Marcelino Menéndez y Pelayo.

Destaca de entre su prolífica obra: Sevilla pintoresca (1844), Itálica (1845), Historia político, social y religiosa de los judíos de España y Portugal (1848), El arte latino-bizantino en España y las coronas visigóticas de Guarrazar (1861), Historia crítica de la literatura española (1861-1865), y apreciados trabajos relativos a la historia hispano-árabe, en los que emplea por primera vez en arte el término mudéjar.

Jorge Díez, catedrático de filosofía en la Universidad de Sevilla en la segunda mitad del XIX, de apreciada labor docente.

Nicolás María Rivero (1815-1878), que ejerció el Derecho en Sevilla y Madrid, fue diputado en varias ocasiones por el partido Progresista y el partido Democrático, así como ministro de gobernación en 1870 y presidente del Congreso durante el breve reinado de D. Amadeo de Saboya.

Francisco Mateos Gago (1827-1890), catedrático de Teología de la Universidad de Sevilla y fundador de la Academia Sevillana de Estudios Arqueológicos.

Antonio Lecha-Marzo (1888-1919), catedrático en Granada y Sevilla de Medicina Legal y Toxicología, quien, a pesar de su temprana muerte, desarrolló una fértil actividad científica y docente. Estudió becado en Bélgica con Corin y Stokis y siguió con interés los trabajos de Lombroso y todo lo relativo a la Antropología criminal. Además del llamado Signo de Lecha-Marzo para el diagnóstico de la muerte, hizo contribuciones a la identificación de las manchas de sangre y esperma, fue autor de un Manual práctico de dactiloscopia (publicado en francés), un tratado de Autopsias y embalsamamiento, que no ha perdido vigor, y redactaba cuando falleció un Tratado de Medicina Legal y Toxicología.

José María Izquierdo (1882-1922), poeta, ensayista, profesor, periodista, promotor de la popular Cabalgata de los Reyes Magos e intelectual de fuste, quien, desde la tribuna conferenciante del Ateneo, puso en contacto al público sevillano interesado con las últimas corrientes del pensamiento occidental, y rindió culto y sensible homenaje a Sevilla en su obra Divagando por la ciudad de la gracia.

El rector Mota Salado, figura controvertida por su adhesión al alzamiento contra el gobierno legítimo de la República en 1936.

Cecilia Bölh de Faber, Fernán Caballero (1796-1879), es la última de las personalidades incorporadas al Panteón.

Hija del hispanista Juan Nicolás Bölh de Faber y de Frasquita Larrea, gaditana y asimismo escritora, como era habitual en la época, bajo el seudónimo: Corina, nació Cecilia en Suiza, se educó en Alemania y Cádiz y vivió en Sevilla la mayor parte de su vida. Fue autora de novelas y relatos de corte realista y naturalista, en los que gustaba de resaltar los valores de la vida campesina, y entre los que destaca su novela más ambiciosa: La Gaviota. Varias veces enviudada y en difícil situación económica, recibió la protección de los duques de Montpensier y de la reina Isabel II, que le cedió de por vida una estancia en el Alcázar, perdida con la Revolución del 68 y recuperada con la Restauración.

Finalmente, la personalidad estelar del Panteón, quien más atención y fervor suscita: Gustavo Adolfo Bécquer, al que acompaña su hermano, el pintor y dibujante Valeriano Bécquer.

Apellidado realmente Domínguez Bastida, Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870) vivió una infancia difícil por la temprana muerte del padre, el reconocido pintor José Domínguez Insausti, que firmaba sus obras como José Bécquer, en homenaje a sus antepasados de origen flamenco (los Becker), asentados en Sevilla desde el siglo XVI, tradición que continuaría su primo Joaquín, pintor y conservador de los Reales Alcázares, y sus hijos Gustavo Adolfo y Valeriano.

Sacó provecho Gustavo Adolfo de la protección de su madrina, doña Manuela Monahay, casada con un perfumista francés con negocio en Sevilla, en cuya selecta biblioteca se inició en el conocimiento de la literatura y la historia.

Con dieciocho años, lleno de sueños de gloria literaria, arriesgó sumarse a la diáspora cultural sevillana y fue a probar fortuna en la capital del Estado, donde sufrió necesidades sin cuento, graves problemas de salud y, al igual que su hermano Valeriano, tuvo una insatisfactoria vida sentimental.

Con el teatro como objetivo, participó Gustavo Adolfo en la creación de zarzuelas y comedias. Publicó, asimismo, el primer tomo de una Historia de los Templos de España, que no tuvo continuidad. Y al tiempo que avanzaba en la creación de las Rimas, trabajó como censor de novelas, se aburrió y hastió con los avatares de la política y tuvo una activa participación en la prensa, en la que se inició escribiendo crónicas de salones, política y literatura, y culminó con Cartas literarias a una mujer y Cartas desde mi celda (1864), que enviaba al periódico El Contemporáneo desde su retiro en el monasterio de Veruela, al pie del Moncayo, experiencia que compartió con Valeriano, en busca éste de dibujar tipos de la España profunda para un estudio etnográfico, y generadora, asimismo, de algunas de las Leyendas.

Tras una breve vida llena de sinsabores y fracasos, en fatal coincidencia, los dos hermanos murieron en Madrid en el transcurso del año 1870. “Todo mortal”, fueron las últimas palabras que Gustavo Adolfo dirigió a sus amigos en el lecho de muerte.

Reclamados los restos de ambos por las autoridades sevillanas, fueron traídos en 1913 e incorporados al Panteón de Sevillanos Ilustres.

Sobre las lápidas de los hermanos Bécquer, se alza la figura de un ángel, obra de Eduardo Muñoz, portador el serafín de escudo con leyenda y del libro de las Rimas, apoyados los pies en un pedestal adornado con evocadoras golondrinas y volutas, en cuyos resquicios gustan de dejar los visitantes papelitos plegados con poemas, envíos, pensamientos, Rimas favoritas y algún que otro dislate, como sentido homenaje al poeta cenital del XIX español y su obra, siempre actual, como demuestra la estrofa primera de la Rima LXXV:

¿Será verdad que cuando toca el sueño
con sus dedos de rosa nuestros ojos,
de la cárcel que habita huye el espíritu
en vuelo presuroso?

 

Texto: Federico González Domínguez, miembro de PAS.